¿qué no era capaz de hacer la hija del Duce?

Edda Mussolini, hija de Benito Mussolini y una de las personas que más le influyó, fue condenada, en 1945, a una pena de libertad vigilada y confinamiento en la remota isla siciliana de Lípari. Ella pensaba que era una fase provisional antes de que los italianos y los aliados pudieran acreditar unos delitos que les permitiesen endurecer drásticamente el castigo. Como Caroline Moorehead recoge en su biografía Edda Mussolini: The Most Dangerous Woman in Europe (Vintage, 2022), creyó que podía acabar como su padre.

Sin embargo, Edda disfrutó en Lípari de plácidas excursiones en barco, y hasta le permitieron mudarse a una residencia mucho más confortable, la villa de su nuevo amante, Leonida Buongiorno, antiguo partisano y miembro destacado del Partido Comunista en la isla. Los carabineros, cabe imaginar que entre sudorosos, divertidos y resignados, seguían a la parejita a pie, en coche o en lancha cuando no tenían que vigilarlos mientras tomaban el sol en la terraza.

Respuestas para todo

Lejos de enfrentarse a la pena capital, Edda no cumplió ni la mitad de su período de confinamiento, porque, a los diez meses de llegar a Lípari, se benefició de una amnistía masiva decretada por el ministro de Justicia comunista, Palmiro Togliatti.

Durante meses, la hija de Mussolini se había esforzado en defender su inocencia en un largo memorándum, donde aseguraba que su papel en el régimen fascista no había ido mucho más allá de asistir y organizar eventos sociales. La política no era lo suyo. Lo suyo eran las fiestas. Por favor, afirmaba, ¡pero si había solicitado el carné fascista en 1936, y solo cuando la había obligado el jefe del partido Achille Starace!


Edda Mussolini con su padre en 1927, cuando ella contaba diecisiete años.

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Ciertamente, explicaba, ella se había dedicado a hacer amigos en las principales capitales europeas por cuenta de su padre, pero no podía haber muchos nazis entre ellos, ¡porque no sabía alemán! Ah, y por mucho que acreditasen con grabaciones que había presionado a Benito Mussolini para que apoyase a Hitler, la verdad es que solo se lo había pedido, porque ya se habían comprometido con los alemanes (está feo mentir) y porque apoyar a Hitler parecía lo mejor para el país: los nazis eran, en 1940, los vencedores más probables de la Segunda Guerra Mundial. Edda, como podemos ver, tenía respuesta para todo.

Le comunicaron la amnistía en 1946, y, tan solo un año después, llegó otra noticia extraordinaria: el Tribunal Supremo italiano había rehabilitado a su marido fallecido, Galeazzo Ciano. Este, que había sido ministro de Exteriores con Benito Mussolini y “cuñadísimo” del dictador, ahora era considerado por los jueces como uno más de los “mártires de la guerra de liberación” de Italia frente a los fascistas y los nazis.


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En los años siguientes, Edda no tardaría en reclamar en los tribunales parte de sus propiedades. Y no fueron pocas las que recuperó, a pesar de que se había enriquecido, como toda la familia Mussolini y su entorno, gracias a los privilegios de un régimen que a la sazón se consideraba ilegítimo y corrupto. Pero ¿qué culpa tenía Edda de todo eso?

Los hechos

Desde que Edda falleció como una octogenaria a mediados de los años noventa, se han sabido más cosas de lo que hizo o no hizo en las entrañas del régimen. La británica Caroline Moorehead documenta muchas de ellas gracias a un acceso de excepción a las familias Ciano y Mussolini, así como a miles de páginas de memorias no publicadas de personajes que la conocieron y la trataron en aquellos años cruciales. Lo que sabemos invita, como mínimo, al escepticismo.

En primer lugar, su relación con los jerarcas nazis se puede considerar, cuando menos, privilegiada. A principios de los años treinta, Edda Mussolini ya era amiga personal, sobre todo, de Magda, pero también de Joseph Goebbels. A Magda la había conocido en Suiza, y fue ella quien la ayudó, en una visita semioficial en 1936, a entrar en sociedad en Berlín, lo que incluyó alternar con Adolf Hitler o Hermann Göring, quien le habló de lo que entonces parecían ilusiones expansionistas. 

Edda, ya considerada por la prensa europea como una asesora y representante clave de Mussolini, que viajaba allí donde este necesitaba sondear apoyos y escollos, reconoció años más tarde que fue en aquella visita cuando empezó a gustarle Hitler.

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Magda y Joseph Goebbels. 

REDACCIÓN / Terceros

Poco después, en octubre de 1936, fue su marido, Galeazzo Ciano, quien aterrizó en Alemania como nuevo jefe de la diplomacia italiana. Ciano aprovechó el viaje para firmar un protocolo secreto con los franquistas, ya inmersos en la Guerra Civil, y para proporcionar a Hitler cables secretos intervenidos por la inteligencia italiana que probaban la hostilidad británica contra el régimen nazi. El Führer, agradecido, le entregó una copia firmada de Mein Kampf y le dijo que esperaba que Italia y Alemania se unieran algún día en una alianza contra los comunistas que desafiase a las democracias occidentales.

En los meses siguientes a los viajes de Edda y Ciano, Mussolini cerró un acuerdo antisoviético con Hitler, sacó a Italia de la Sociedad de Naciones y pronunció un discurso en la plaza del Duomo de Milán donde decía que Alemania e Italia formaban, literalmente, un “eje” alrededor del cual deberían girar todos los países europeos que deseasen la paz.

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Edda Mussolini (en el centro) se casó con Galeazzo Ciano en abril de 1930. 

Terceros

En aquellos momentos, el Duce se debatía sobre la conveniencia de no tomar partido definitivamente por los nazis y utilizar sus coqueteos con Berlín solo para extraer concesiones a británicos y franceses. Su pretensión era no deslizarse hacia un conflicto armado para el que Italia no estaba preparada. Ciano, a finales de 1938, ya temía que Hitler no se conformaría con su reciente anexión de Austria, ni con recuperar antiguos territorios alemanes adjudicados a Polonia, Hungría o Checoslovaquia tras la Primera Guerra Mundial. Y ese temor le hizo plantearle a su suegro la necesidad de evitar que una Alemania enloquecida precipitase a Italia a las trincheras.

A pesar de todo, en 1939, Ciano y su homólogo alemán, Joachim von Ribbentrop, sellaron un pacto por el que sus países se comprometían a asistirse en caso de conflicto bélico. Aunque el jefe de la diplomacia italiana había empezado a oponerse públicamente a la guerra, en las negociaciones con Ribbentrop no se molestó en pedir a cambio ni las tradicionales consultas previas a una ofensiva, ni una mínima garantía de que la posible invasión de Polonia no sería el preámbulo de una invasión mayor, ni la obligación de informar de unas fechas aproximadas sobre el inicio de las hostilidades. Básicamente, en 1939, tanto Ciano como el Duce le daban carta blanca a Hitler y se ponían a su disposición.

Edda prefiere a Hitler

De 1936 a 1939, Edda Mussolini, partidaria ya de aliarse con Alemania, incluso si había que ir a la guerra, aumentó notablemente su predicamento sobre su padre. Eso hizo que, por ejemplo, el ministro de Exteriores británico, Anthony Eden, intentase ganarse sus simpatías con una entrevista en Roma y un inmenso ramo de flores, que hasta los italianos encontraron extravagante.

Pocos meses después, en julio de 1939, Edda protagonizaría la portada de Time. La revista estadounidense no dudaba en afirmar que era una mujer extraordinariamente influyente con un marido “mediocre”… y que, a decir verdad, era ella quien llevaba los “pantalones” en los asuntos de la diplomacia italiana.

Como advierte Moorehead, los periodistas exageraban, y, además, en la decisión de Mussolini de entrar en la guerra del lado de Alemania, en 1940, intervinieron muchos más factores que Edda. Entre ellos, el miedo a incumplir el pacto de asistencia mutua que habían firmado Ciano y Ribbentrop en 1939; el comunicado confidencial por parte de Berlín, en mayo de 1940, de que Alemania se disponía a invadir Bélgica, Holanda y Luxemburgo; el hondo impacto que provocó en Mussolini que Hitler le transmitiera, también en la primavera de 1940, que no necesitaba a Italia para aplastar a los aliados; y, por último, la forma en que el rapidísimo avance de las tropas de Stalin y Hitler en Europa parecía confirmarlo tras el pacto nazi-soviético.

El ascendiente de Edda Mussolini no determinó la participación de Italia en la Segunda Guerra Mundial, del mismo modo que las presiones de su marido sobre el Duce no fueron capaces de evitarla. Los nazis forzaron la salida de Galeazzo Ciano del Ministerio de Exteriores en 1943. Para entonces, este llevaba tres años conspirando a favor de que Italia abandonase las trincheras, lo que había incluido toda clase de reuniones con diplomáticos extranjeros, con el rey italiano y con altos dignatarios de la Santa Sede. Incluso se había atrevido a anticipar a la reina de Bélgica la invasión de su país por parte de la Wehrmacht. Hitler llegó a llamarle “traidor” por eso.

Edda Mussolini con su esposo, Galeazzo Ciano, a principios de los años treinta, en la época en que él ejercía como cónsul en Shanghái.

Edda Mussolini con su esposo, Galeazzo Ciano.

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Otra de las pistas que revelan el crédito de Edda Mussolini sobre su padre, en particular, y sobre el régimen fascista, en general, es que su marido pudiese dedicarse a conspirar durante años sin que lo fusilasen inmediatamente. Dada la épica indiscreción de Ciano, apunta Moorehead, todos los que eran alguien en Roma sabían lo que hacía. Sin embargo, cuando Berlín impuso su destitución en febrero 1943, Mussolini le permitió asumir la legación ante la Santa Sede y seguir conspirando unos meses más.

Fusilado por la espalda

Poco después, tras la invasión de Sicilia por los aliados en el mes de julio de 1943, el Gran Consejo Fascista votó, ante Benito Mussolini y con una mayoría aplastante, una moción que afirmaba que el dictador debía responder por el naufragio del fascismo y que su liderazgo debía ser “revisado”. Ciano no solo apoyó la moción, sino que lo hizo con un discurso rotundo. Al día siguiente, el rey italiano dio orden de arrestar a Mussolini.

Ciano creía que su suegro estaba acabado y que a él le irían bien las cosas. Se equivocaba. Edda, mientras tanto, empezó a maniobrar para huir de Italia, ante los avances de los aliados. Francisco Franco le ofreció un avión para ella y sus hijos, pero sin su marido. Hitler dijo lo mismo, pero acabó evacuando a toda la familia, y, aunque les prometió que los llevaría a Argentina en avión, haciendo escala en España, aprovechó para retenerlos a todos en Múnich.


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Cuando el Führer se reunió en Alemania con Edda, dejó claro que no quería ni ver a Ciano. Edda y Hitler se sentaron cara a cara dos veces, y en una de esas reuniones, ella se atrevió a gritarle en público que había perdido la guerra. Hitler detestaba a Ciano, y lo entregó a las milicias fascistas para que lo ajusticiase un tribunal que él había negociado previamente. En enero de 1944, igual que algunos de los otros miembros de aquel Consejo Fascista que habían facilitado la deposición de Mussolini, fue juzgado y fusilado por la espalda, como los traidores.

De todos modos, dice mucho del prestigio de Edda que fuera capaz de convencer, tal como relata Tilar J. Mazzeo en su ensayo Sisters in resistance (Scribe, 2022), al jefe de las SS, Heinrich Himmler, para organizar una operación de rescate de su marido a espaldas de Hitler, pocos días antes del veredicto.

Edda Mussolini con sus hijos en una foto de estudio hacia 1940.

Edda Mussolini con sus hijos en una foto de estudio hacia 1940.

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Benito Mussolini, agobiado por la reacción de su hija, jamás quiso asumir la responsabilidad del fusilamiento, negó haber intervenido en el proceso y haber recibido las peticiones de clemencia que le enviaron los acusados, y que podrían haber salvado sus vidas, y, finalmente, echó toda la culpa a los nazis. “Los alemanes –le dijo el Duce a su secretario Giovanni Dolfin cuando le comunicaron el fusilamiento– necesitaban esta tragedia, esta sangre, para persuadirse de nuestra buena fe”.

Se puede discutir el impacto concreto que las acciones de Edda Mussolini tuvieron en la política fascista. Lo que ya no cabe debatir, con la documentada biografía de Caroline Moorehead en la mano, es que Edda ejerció un poder político sustancial en el régimen, que se enriqueció gracias a él y que todos los que se le opusieron, también su padre, aprendieron a temerla. “Mi hija –afirmó una vez Benito Mussolini– tiene un carácter fuerte y violento; es capaz de todo”.

Los papeles de Ciano: así negocia una Mussolini

Edda Mussolini rentabilizó la publicación de los diarios de su esposo

Galeazzo Ciano había acumulado documentación relevante sobre una serie de hechos que desacreditaban a figuras prominentes del régimen nazi y del fascismo italiano, y posicionaban al propio Ciano como un estadista defensor de la paz.

En 1943, Edda amenazó con los diarios a los nazis para proteger su seguridad y la de sus hijos y convencer a grandes jerarcas, como Heinrich Himmler o Ernst Kaltenbrunner, de que organizasen el rescate de Ciano pocos días antes de su ejecución. Los dos germanos creían que podían servirles para dañar la reputación de sus adversarios dentro del régimen.

La llamada Operazione Conte (Galeazzo era el conde de Ciano) falló, primero, por motivos logísticos y fue abortada, después, por el propio Hitler, a raíz de la intervención de Joseph Goebbels y Joachim von Ribbentrop, que pensaban que los papeles podían perjudicarlos.

Dos años después, en Suiza, Edda pactó con los aliados la Operation Edda C. Diaries, a través del diplomático estadounidense Allen Dulles, Frances de Chollet y el periodista del Chicago Daily News Paul Ghali.

El plan consistía en que Chollet le proporcionaría a Edda la liquidez que necesitaba con cargo a sus joyas, y Washington recibiría los diarios (les interesaban para los juicios de Núremberg y para saber de quién podían fiarse y a quién purgar en la Italia de posguerra) tras adelantar 3.500 francos suizos que recuperarían después con los derechos de autor que se obtuvieran con el libro.

Por otra parte, el Chicago Daily News sacaría en primicia lo más jugoso de los diarios, pagando la suma máxima que ofreciese cualquier periódico por ellos, que ascendió finalmente a 25.000 dólares. Edda, que estaba arruinada, obtuvo de un plumazo lo que serían hoy más de 400.000 euros.

La hija de Mussolini no solo convirtió los diarios de Ciano en una oportunidad para ganar dinero (que luego amplió con la venta de los derechos internacionales de un libro que sigue editándose en el siglo XXI), sino que fue precisamente su popularidad la que facilitó la rehabilitación de su marido en la posguerra y le allanó a ella misma el camino hacia la amnistía.

Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 666 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a redaccionhyv@historiayvida.com.

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