La muerte de Samira pone de manifiesto la vulnerabilidad de las mujeres trans sin techo

La historia de Samira no pudo tener un final más cruel. El jueves caminaba entre la plaza Emili Vendrell y la calle Joaquín Costa. De repente media palmera se desplomó sobre ella. Y el barcelonés barrio del Raval está enrabiado. La gente pide responsabilidades, que esto no quede así.

Samira era una mujer trans, y apenas tenía veinte años. Este viernes, en el lugar de la tragedia, se sucedieron unos cuantos homenajes espontáneos, las velas se levantaron sobre los restos de la palmera recién talada.


Un momento de uno de los homenajes que el Raval rindió a Samira 

Miquel González / Shooting

Samira vivía en la calle, acostumbraba a dormir con su pareja en el parque Joan Miró, arrastraba problemas relacionados con las drogas y con un pasado familiar tortuoso, últimamente estaba muy deprimida…

Y últimamente, de un tiempo a esta parte, se acercaba mucho al barrio del Raval, al centro de Dia, a la librería alternativa El Lokal, al ágora de entidades Juan Andrés Benítez, a los lugares donde reparten alimentos, a las instalaciones de las Metzineres…

“Era rebelde, coqueta, presumida, le gustaba pintarse –dijeron varias personas de su entorno en los sucesivos homenajes–. Y también tenía mucho carácter, no se callaba ni una… y también tenía su lado introvertido y desconfiado. Es lo que tiene la calle. Te da muchos palos”.

Metzineres es una cooperativa de mujeres en una situación de vulnerabilidad extrema. Muchas son víctimas de explotación sexual, muchas tratan aquí de reconstruir sus vidas.

Y la cruel muerte de Samira está poniendo de manifiesto las terribles vicisitudes que atraviesan estas personas. La fundación Arrels quiso señalarlo a través de un tuit. “Con la Samira ya son cuatro las personas sin hogar que han muerto este verano en Barcelona. Es una tragedia”.