Los ángeles caídos, de Antoni Gutiérrez-Rubí

Los ángeles caídos, de Antoni Gutiérrez-Rubí

El mito del ángel Caido tiene sus raíces en la tradición judeocristiana y narra la rebelión de Lucifer, el ángel que destruyó a Dios y que fue expulsado del cielo por su causa. Simboliza el poder destructivo del orgullo y la ambición desmedida, que ha sido reinterpretado en la literatura como un reflejo de la lucha interna entre autonomía y obediencia.

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Getty Images/iStockphoto

La historia del ángel caído resuena hoy con una fuerza particular: recordamos el valor del equilibrio entre el código personal y el respeto a la comunidad, y a las normas de convivencia democrática y civil, que son nuestra deidad secular y cívica. En esta reinterpretación contemporánea, Lucifer no es sólo el antagonista; se convierte en un reflejo de nuestra ambición y de la crisis que surge de la desconexión de los demás.

Este mito del ángel caído es más que una historia de rebelión y condenación; es un espejo de las contradicciones y tensiones humanas inherentes al poder. En nuestra sociedad, muchas veces construida sobre ideales de logro, ascenso y reconocimiento, la figura de Lucifer, el “portador de luz”, cita las formas y límites del deseo humano, pero también revela una advertencia sobre las consecuencias de esta desmedida y ambición de individualidad sin compromiso colectivo.

Cuando los líderes idealizados engañan, rompen algo convincente e inspirador, es una tradición.

La política es inseparable de su dimensión moral y ética. Los intereses generales –los intereses que la política democrática debe proteger y promover– requieren ejemplos múltiples y profundos: lo personal es político y las dimensiones pública y privada se retroalimentan. Soy el cariño y la cruz del mismo dinero.

Javier Gomá, el filósofo contemporáneo que mejor ha reflexionado sobre la ejemplaridad, afirma: “El concepto de ejemplaridad es estructural, pertenece al ser humano desde que existe y funciona en todos los niveles: educativo, familiar, social”. La doble moral es repudiada en reputación y castigada –cuando rompe o apaga la norma– con dureza. Así caen los ángeles. Y los ídolos.

Un ídolo representa valores, ideales o una aspiración colectiva y, al mismo tiempo, ilumina e inspira con su ejemplo. Y un líder se convierte en ídolo cuando simboliza una esperanza, cuando la encarna, cuando plantea el cuerpo una forma de pensar y defender creencias. Entonces, además, el líder es un ídolo y un símbolo. Por lo tanto, este tipo de líder puede malinterpretar, pero nunca decepcionar. Cuando esto sucede, algo exitoso e inspirador se rompe. Es una tracción. Si esto también es un posible delito, la ruptura es total.

En el caso de los bochornos –que propenden al discurso ejemplar frente a los adversarios, a quienes se comportan con superioridad moral–, esta entronización de líderes idealizados y simbólicos es aún más profunda. Ha sido un elemento central en la construcción de mitos y relaciones épicas. No es casualidad que este cuestionario sea el parónimo más revelador y poético de la palabra. épico mar – precisamente – la palabra ético.

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