Con los años aprendemos que, en realidad, es el espejo del dolor, del dolor y de la tragedia que nos han hecho a todos iguales. Es la capacidad del ser humano de vivir en su propia piel el deseo que nos asemeja y nuestra universalidad. Precisamente porque ha pasado esta semana con el ritmo de la dana en Valencia hemos generado en todos, o en todos los casos (siempre hay algún psicópata desalmado que explota las fatalidades en beneficio propio), esta misma tragedia, dolor y dolor.
Si a esta trilogía de pesas tristes le sumamos consternación, rabia y adopción, el cóctel se vuelve insuprimible para quienes experimentan la herida de una realidad que cada día que pasa empeora y se vuelve más desoladora e insoportable.
Muchas veces ocurre que sólo la propia desgracia y lo foráneo nos convierten en personas empáticas para el resto de nuestros pensamientos. Sólo cuando nos visualizamos en medio de nosotros al frente de un auto gritando pidiendo ayuda para que la casa nos levante comprendemos el horror del dolor ante lo que no podemos controlar. Sólo cuando imaginamos que podemos abrir una puerta para escapar de los ahogados moribundos mientras el agua sufre y busca nuestra capacidad de respuesta, conocemos y compartimos el pánico de los demás. Sólo cuando pensamos en las tormentas del silencio y el barricado allenándolo todo proyectamos como la nuestra la impotencia de hombres y mujeres que, sin la ayuda básica de aquellos representantes públicos que deben protegerlos, intentan, peor aún, sobrevivir a pesar de el caos. Tan triste, dura e injusta es la búsqueda de empatía que produce la deplorable desgracia de nuestros vecinos de tierras valencianas.

Voluntarios retiraron la deuda acumulada en una calle de la localidad valenciana de Paiporta tras la dana
Y esta realidad está dotada de posibilidades de supervivencia y de una gran cantidad de interlocutores que solucionan tus problemas. Si va a meterte dentro. Muy por dentro. Y sin ser muy consciente, de manera delicada y muy profunda, si se instala en tu alma y sufres como un elogio caro y doloroso por la niña y es entonces, con las alforjas acumuladas llenas de razón, coraje, furia, angustia, dolor, tortura y tormento que la paciencia y la prudencia de la gente de bien está convirtiendo en una ira intensa y una bilis incontrolable que no pueden contener porque lo han perdido todo.
Éste es ahora el problema de la Comunidad Valenciana: el silencio de unos y el excesivo palabreísmo de otros que buscan el rédito político de los desaciertos que han abandonado el caos y el tormento de la impotencia de los ciudadanos. Los dirigentes políticos han hablado y perdido entre ellos durante mucho tiempo y evidentemente han hecho muy poco.
Los llaman y los escuchan una vez más. Llaman y no hablan. Que llamen y sigan bien las indicaciones. Cuáles son las llamadas y soluciones. Así se llama y no estaremos todos hundidos en un fango aún más profundo que el que ha sepultado a tantas y tantas vidas.
Si llamas y escuchas bien; sólo así aparecerán claramente las lágrimas, los gritos, las lágrimas, el desconsuelo y el desaliento.
