Cuatro minutos y 59 segundos de Doncic enloquecen a Madrid

Cuatro minutos y 59 segundos de Luka Doncic, aunque pueda parecer extraño, son más que suficientes. Solo hay que celebrar que un deporte como el baloncesto nos haya regalado que un niño esloveno, quien llegó a Madrid con 12 años, se haya convertido en uno de los mejores jugadores del mundo y, a falta de títulos en Estados Unidos, quien sabe si de la historia. Salió, sonrió y metió canastas, que es lo mejor que sabe hacer. Suplicó a los madamases de los Mavericks que le dejasen jugar más, pero el dólar manda. Sin embargo, la danza del esloveno en el WiZink, aunque escasa, sacó una sonrisa que Madrid recordará para siempre.

Cuando Marc Stein, periodista estadounidense, anunció instantes antes del inicio de partido que Doncic solo jugaría cinco minutos, el ambiente se enfrió en los aledaños de WiZink Center. El esloveno tenía molestias en el gemelo y con el inicio de la NBA a la vuelta de la esquina (24 de octubre), toda precaución es poca con uno de los mejores jugadores del mundo. Pero Doncic vuela tan alto, encandila tanto a la retina, que verle pegar un par de botes es más que suficiente para calmar a la libido.

Las emociones estaban a flor de piel, el profeta volvía a casa. Incluso Florentino Pérez bajó de su torre de marfil para entregarle en mano al esloveno la insignia de socio de honor del Real Madrid. Demente la hinchada madridista, entregada a una leyenda que hacías más de cinco años que no pasaba por el barrio. Pero lo mejor estaba por llegar.

Luka sabía que tenía poco tiempo para devolver el amor a la grada blanca y eligió a Llull como compañero de baile, el único que puede elevar tanto los decibelios en el WiZink como el balcánico. Se entregaron al tiroteo, las balas eran triples y el espectáculo, asombroso. Se reían los excompañeros, son tan buenos que jugando a medio gas y encestando desde posiciones inverosímiles conseguían levantar a todo un estadio de su asiento. Dioses entre humanos.

Doncic le dio una palmadita al menorquín tras clavarle un tiro en su cara y el internacional español, que solo necesita un segundo para prender la mecha, le devolvió la sonrisa pícara con otro lanzamiento kilométrico. Éxtasis finiquitado cuando el esloveno fue sustituido a los 4 minutos y 59 segundos de encuentro con nueve puntos, tres de cinco en triples y una asistencia. Falló Stein por un segundo.

Estaba Luka en el banquillo de los Mavericks y era el único que no llevaba el azul reglamentario de la franquicia tejana. Casualidad o guiño a su pasado, vestía una sudadera gris y una toalla blanca, combinación que lo diferenciaba, y mucho, del resto de sus compañeros. Aunque no tanto como la estrafalaria vestimenta de Kyrie Irving, la otra gran estrella del conjunto, que no jugó por una lesión en la ingle.

El partido, con 43 minutos por jugarse, pues se utilizó el tiempo NBA, era infumable. Con Doncic fuera de la ecuación, todo daba igual y solo Poirier, con acciones muy pirotécnicas, parecía tomárselo en serio. Era un espectáculo, un canapé de caviar que solo producía onomatopeyas de admiración entre los presentes, pero no rabia o tensión. Al menos, el marcador estaba igualado.

Era la figura del esloveno el hilo conductor de la velada, el baloncesto estaba en un segundo plano y era el corazón el guionista. El final del primer cuarto devolvió la euforia a la grada, pues varios de sus excompañeros, como Anthony Randolph, Felipe Reyes, Trey Thompkins y Jonas Maciulis, acompañados una ve más del presidente, le regalaron una réplica de la décima Euroliga, conquistada en 2018 y de la que Doncic fue MVP. Los compañeros de Luka, al verle pasar con el trofeo, se quedaron perplejos. Incluso al multimillonario Mark Cuban, dueño de la franquicia tejana, soltó una amplia sonrisa al ver a su estrella en casa. Una casa a la que, sin duda, volverá. El Madrid, para variar, remontó y ganó.